RECUERDOS DE INFANCIA
¡Ay Valdeltormo, la Vall!
Es sencilla y altanera
es pequeña, es rural.
Alegra al que allí nace
y entristece al que se va.
Eres corazón que nace
rodeada de bancals.
Estás perdida en el mapa
no da contigo ni el viento.
Eres joya de solapa
y estrella del firmamento.

¡Ay La Vall!
Con casas grises y frías
y calles de pedregal,
un castillo que no existe
y siempre allí está.
Si has bebido de sus aguas
nunca la podrás olvidar.
Tu vecino es tu primo,
hijos de un mismo ramal,
que la vida ha destrenzado
en hombres rudos, tozudos.
¡Llenos de humanidad!

¡Ay mi pueblo!
Tierra de olivos.
Tierra de cebada y trigo,
de viñedos, de frutales,
de melones y de higos.
De pájaros, un enjambre,
de liebres, un poderio.
Mil maraposas de estambre
y puputs de brillante colorido.

¡Ay La Vall!
Con su plaza chica,
su iglesia y su campanar,
y al doblar la esquina
su plaza más principal,
que bulle en mil destellos
en la fiesta patronal.
En un recodo cercano
la casa del abuelo Torrat
donde entremezclada fluye
su variedad comercial.

¡Ay mi pueblo!
Con esos rubios trigales
de espina de raspa negra,
cortados como retales
florecidos de amapolas.
Ay que rastrojos, que eras.
Eres un pueblo colmado
de bendiciones, de sol
y en sus noches de verano,
los grillos en los rincones,
cantan nuestra jota de Aragón.

¡Ay el pozo!
nuestro manantial,
huele a música de bolero.
de sus dos caños manar,
y los chiquillos se sienten
con ganas de retozar.
Las mozas con rubor,
jazmín ponen en la pechera,
están pidiendo amor
de esta sencilla manera.
Envidia a mi pueblo tienen
lugareños de otros lares,
de ver como presumimos
de nuestra carretera.
Y allá en lo alto,
entre medio de pinares,
de almendros y de olivares,
las entrañas del tren
agonizan al pasar.

¡Ay el río!
Con sus juncos, con sus huertas,
y sus losas para lavar
y a la vera del camino,
su roca más peculiar.
El Tormo.

¡Ay La Vall!
Revuelos y sensaciones
arremeten al entrar.
Cuando imprsionantes chopos,
en una tarde otoñal
se desprenden de sus hojas,
para poder saludar.
A la derecha, una casa,
y bien ceñido el delatal,
la tía Serapia entre fogones,
pelando patatas está.
Los ojos me chispean,
vislumbrando el más allá
la casa del tío Gabriel
destaca de las demás.
A la izquierda, el molino
y un hombre con su borrico,
aguarda para descargar,
tiene brazos de sarmiento,
enjuto de carnes,
roídas albarcas,
espejo en la cara,
como muchos otros
que la tierra labran.

¡Ay La Vall!
Con el cántaro en la cadera
las mozas revolotean
en la balsa de San Roque,
que junto a la otra chiquita
las aguas de lluvía acoge.
Y en la Basobera, los sapos
alegres y saltarines
abren sus inmensos ojos
cuando se acerca la Anita
a ver si viene José.
Y es que...
no hay José sin Anita
ni Anita sin José.

Mi pueblo tiene un camino
que la Casilla limita
su principiio y su final,
está llenó de guijarros
y de polvo al pisar,
se bifurca en dos ramales,
en una uve triunfal,
suavemente siseando
hasta llegar al Pas.
Allí pasean garbosas
las mujeres del lugar,
cimbreando su cintura
hasta las eras altas llegar.
Son mujeres curtidas
bajo los rayos del sol,
sus carnes están bruñidas
de un acero especial,
por ejemplo, tía Carmen,
tía Engracia y otras más...
que cuando llega la noche,
agazapadas en la lumbre,
con luz tenue de candil,
sienten los pasos
de la escalera crujir,
la llegada de los hijos
que vienen para dormir.

Mi pueblo dicen que está
donde Dios perdió el gorro
y olvidó la zapatilla,
y es que a Dios le gusta orar
en lo alto del castillo,
con los brazos extendidos
para poderle arropar.

Mi pueblo huele a romero,
a tomillo, a hierbabuena,
huele a estiercol, menta y miel,
está preñado de olores
que te atrapan en él.

Hoy mi pueblo no es así,
sólo queda el recuerdo,
tiene aires de ciudad
y brilla como un lucero.
Si pasas por mi pueblo
no olvides mirar su cielo.

Joseppa de las tejas verdes
(seudónimo de Josefina Ardid Serret)